El 7 abril de 1894
Juan B. Justo fundó junto a
un grupo de compañeros de ideas entre los que se
contaban Augusto Kühn, Esteban Jiménez e Isidro
Salomó, La Vanguardia "periódico socialista
científico y defensor de la clase trabajadora".
Para afrontar los gastos vendió el coche que
utilizaba en sus visitas de médico y empeñó la
medalla de oro que le había otorgado la Facultad
de Medicina.
Justo escribía en el primer
editorial de La Vanguardia: "hay que construir
una alternativa política al pillaje y la
plutocracia. Los Pereyra, los Unzué, los
Udaondo, tan ricos que no tendrían por qué
robar, son hoy los preferidos para los altos
puestos públicos por los otros ricos, cuya única
aspiración política es que sus vacas y ovejas se
multipliquen sin tropiezos”.
El periódico La Vanguardia se había transformado
en el ámbito natural de reunión de los
socialistas de Buenos Aires. Fue creciendo la
necesidad de crear un partido propio que
expresara estas ideas y las llevara a la
práctica. Así nació en 1896, bajo la inspiración
de
Justo, el Partido Socialista, que proclamaba
en su carta orgánica: "El Partido Socialista es
ante todo el partido de los trabajadores, de los
proletarios, de los que no tienen más que la
fuerza de su trabajo; las puertas del partido
están, sin embargo, abiertas para los individuos
de otras clases que quisieran entrar,
subordinando sus intereses a los de la clase
proletaria. Lo que es importante es patentizar
nuestra independencia de todo interés
capitalista o pequeño burgués".
"Me encontraba de mirón en la esquina, de pronto apareció en el
lugar el doctor
Alfredo Palacios, éste.
enardecido al ver cómo eran incendiados los
talleres en donde se imprimía el periódico, y
con ellos la mayor biblioteca obrera del país
—tenía más de cien mil volúmenes—, increpó al
oficia! de policía: «Pero, ¿cómo es que no
impide este salvajismo?». A lo que aquél
respondió: «Vea, doctor, .mejor que se calme . .
. ¡Son órdenes de arriba!»". José Tristán Ginzo,
caricaturista político cuyos muñecos
simbolizaron toda una época durante la cual el
periódico socialista La Vanguardia se erigió en
el máximo vocero del antiperonismo, reconstruyó
de esa manera, la semana pasada, el momento que
culminó con el incendio del local partidario,
tradicionalmente conocido como Casa del Pueblo,
en Buenos Aires. El hecho, ocurrido el 15 de
abril de 1953, clausuró el período de mayor
influencia del combativo periódico: en ese
entonces, hablar de La Vanguardia equivalía a
citar el punto más drástico de la oposición
demócrata-liberal, un foco de reunión para
amplios sectores ciudadanos.
Hoy, a 115 años de la fecha —7 de abril de 1894— que acunó el
nacimiento de La Vanguardia y a varios lustros
de distancia de su incendio a manos del
peronismo, la efemérides resulta bastante
empañada por lo que muchos observadores
califican como total senectud de la corriente
política que te dio origen. Tambalea más aún
cuando se piensa en la actual división del
partido (o ex partido, ya que oficialmente todos
ellos están disueltos) en dos núcleos
minoritarios: el Socialismo Argentino (PSA) y el
Democrático (PSD). Ambos ostentan sus
respectivas Vanguardias: la azul y la negra.
Tales apelativos aluden, claro, al color en que
están impresos.
Es una situación que para un cierto número de militantes (por
ejemplo, para Jorge Selser, referente del PSA y
ex secretario de redacción de La Vanguardia azul
desde 1963) da lugar a ásperos calificativos:
"¿Qué diferencia hay entre esos socialistas que
siguen con La Vanguardia negra y los viejos
conservadores? ¿Dónde quedó la pureza de la
primera hora? ¿Qué se hizo de la lucha de
clases, que ellos convirtieron en prédicas
contra el alcoholismo y el tabaco?". Un estado
de cosas que, sin duda, estaban lejos de prever
aquellos pioneros de la primera hora, cuyos
esfuerzos aspiraban a la creación de un
"periódico socialista científico, consagrado a
la defensa de la clase trabajadora", al decir de
su primer director,
Juan Bautista Justo, y de su
primer tipógrafo, Esteban Jiménez.
"ESTE PAÍS SE TRASFORMA"
La chispa inicial de! polémico —y a la vez discutido— periódico
debe ubicarse hacia el 2 de agosto de 1893. Al
atardecer de ese día, el médico y profesor de la
Facultad de Medicina,
Juan Bautista Justo,
penetró decidido hasta los fondos del Café
Francés, en la Capital. Desde las últimas mesas
llegaban las voces: él se presentó, tomó
asiento. Cuatro horas más tarde, cuando se
levantaban para despedirse, La Vanguardia
quedaba fundada.
Juan Bautista (o, mejor: Juan B., según se lo llamó desde ese
instante) Justo fue así el flamante director del
vocero. Aquellos conjurados no alcanzaban a la
media docena: eran Víctor Fernández, Isidro
Salomó, Augusto Kuhn, Esteban Jiménez. Sin
embargo, y pese a la atmósfera de misterio que
rodeaba la escena, la participación del líder
socialista en la empresa había sido casual; en
la mañana de ese mismo día había reparado en un
aviso aparecido en el matutino La Prensa:
"Periódico Obrero. Hemos recibido la siguiente
comunicación: se invita a los presidentes de
todas las entidades obreras a concurrir a la
conferencia que se celebrará hoy a las 7.30 p.m.
en el Café Francés, calle Esmeralda 318".
Se necesitarían otros esfuerzos, todavía, para coronar la empresa
política-periodística que iba a cubrir una
extensa etapa de la vida argentina: Augusto Kuhn
reunió trabajosamente trescientos pesos, fracasó
más tarde una colecta para reunir fondos y
Justo
no tuvo entonces otra alternativa que vender su
coche y empeñar la medalla de oro (premio
"Montes de Oca", de Medicina) en setenta pesos.
Con lo reunido concurrieron a un remate, donde
se liquidaban los restos de un fundido diario de
la colectividad italiana. Veinte cajas de tipos
tremolaban la indeclinable decisión. De este
modo, en la otoñal mañana del 7 de abril de
1894, cuatro páginas de 45 por 29 centímetros,
en las que se abarrotaban 11.800 palabras del
texto, fueron la culminación del nacimiento.
Antes,
Justo tuvo que resolver cuál sería el
nombre del semanario, instalado en los fondos de
un inquilinato de la calle Independencia 1252.
Para ello recordó que entre Las Flores y Tapalqué (dos localidades bonaerenses) existía
un fortín lindante con los campos de su padre,
que fue leyenda en su infancia: "Como la empresa
periodística que iba a comenzar también empezaba
en la frontera, decidí llamarla igual que aquel
fortín: La Vanguardia", reveló luego el
político.
Los tres mil ejemplares de la novísima edición soportaron, sin
embargo, algunos antecedentes: en abril de 1890,
un grupo de exaltados —en su mayoría
extranjeros— del Comité Internacional Obrero
convocó a la celebración del Primero de Mayo.
Entre las resoluciones de aquella asamblea se
resolvió "crear un periódico para la clase
obrera". Como fruto de ese reclamo, el ingeniero
alemán
Germán Ave Lallemant redactará durante
tres años El Obrero, que se trasformaría más
tarde en El Socialista. Sin embargo, la paz
parecía reinar sobre la ciudad, ya que ni El
Obrero ni El Socialista conocieron las
peripecias que acompañaron luego el curso de La
Vanguardia.
Durante su primer año de vida el semanario debió mudarse en dos
oportunidades: Chile 959 fue su segundo
domicilio "Era una casa espaciosa donde, además,
se celebraron algunas veladas
político-literarias", recordará años después
Kuhn. Pero el júbilo de los redactores y
simpatizantes duró poco tiempo, porque al cabo
de cuatro meses debieron mudarse nuevamente: la
flamante sede será en la calle Europa (hoy
Carlos Calvo) 1971, de donde son desalojados por
presiones policiales. El sosiego aparecerá
recién una década más tarde: en Defensa 888
funcionará desde 1904 y durante dos décadas la
errabunda redacción de La Vanguardia. Una
colecta popular y la decisión de su director,
Nicolás Repetto, posibilitan al fin una larga
ambición del semanario: ganar la calle. La
cruzada se cristaliza en 1905, cuando una
máquina plana doble testimonia el crecimiento,
pese a que el lugar era "un tugurio lóbrego,
falto de aire y de luz", como evocará el
tipógrafo Jiménez.
"¡SALUD Y REVOLUCIÓN SOCIAL!"
El 28 de junio de 1896, dos años después de fundada La Vanguardia,
y coincidentemente con el 31ª cumpleaños de
Justo, se realiza el Congreso Constituyente del
Partido Socialista. Se acercan al movimiento
Leopoldo Lugones, Roberto Payró,
José
Ingenieros. En ese momento el semanario es el
representante de los núcleos obreros que se han
ido formando en el interior del país. El primer
editorial, titulado Este país se trasforma,
aborda desde una lineal perspectiva marxista la
realidad nacional. Según el historiador Luis Pan
(editorialista de La Prensa y colaborador de La
Vanguardia negra), "por primera vez la política
argentina conocía la declaración de principios
de un partido, la plataforma electoral y el
programa de acción. Ya en 1895 —aún no fundado
el Partido Socialista— se celebró un Congreso
Provisorio del Socialismo Argentino. Los
socialistas participamos en las elecciones de
1896; desde luego, el fraude fue tan grande que
ni hizo falta recontar los votos. En ese
reparto, al partido le adjudicaron 138 . . . ".
El clima político del fin de siécle se enturbia rápidamente. Los
socialistas, deseosos de disputarle a los
anarquistas la primacía que tenían dentro del
incipiente proletariado, organizan un acto en
los Corrales Viejos. La policía irrumpe
repentinamente y varios militantes, entre ellos
Enrique Dickmann, son alojados en la comisaria.
La Marsellesa, Hijos del Pueblo, el Himno a
Turati son entonados con fervor por los
detenidos. El comisario Vives les ordena
entonces, perentoriamente, que se callen; no lo
consigue, vuelve a insistir. . . y el canto se
hace más fuerte. Resuelto, abre el calabozo y a
empellones reparte a los detenidos en distintas
celdas, junto a los borrachos. Minutos más tarde
toda la comisaría entona La Marsellesa; el
batifondo se vuelve infernal. Desconcertado,
Vives decide liberar a los insurrectos para
acabar con la batahola.
Las escaramuzas con la policía continúan y llegan a hacerse
diarias.
Los "anarquistas de arriba" (como los socialistas definían a la
clase gobernante) y los "anarquistas de abajo"
preparaban el clima que culminaría con su
primera clausura, en 1902. Las huelgas y
enfrentamientos de los bandos que se disputaban
el control del movimiento obrero, así como las
diarias manifestaciones, desataron las iras del
Congreso Nacional. En la noche del 22 al 23 de
noviembre de 1902 se promulga y sanciona la Ley
de Residencia (4144); entre los gestores de la
medida se contaba el idílico y romántico Miguel
Cané, autor de Juvenilla. Pero la energía
policial no bastó para acallar a los entusiastas
sostenedores del ideario socialista: a pesar de
la clausura. La Vanguardia se imprimía
ilegalmente y era distribuida entre los
suscriptores por los propios afiliados.
La redacción, ubicada en aquel año en la calle México 2070, era
"una habitación amplia con dos puertas, que se
abrían a patios distintos. El compañero Mergal,
un andaluz entusiasta que escribía las cartas
con tinta roja y las encabezaba invariablemente
con las palabras ¡Salud y revolución social!,
era el administrador". Así recordaría
posteriormente
Nicolás Repetto su primera
experiencia periodística, luego de ser ungido
director del vocero socialista por el congreso
partidario de 1901. "Nunca había penetrado en un
taller tipográfico —recordó
Repetto—; no sabia
nada de burros ni de galeras."
LA BELLE EPOOUE
En París, el 7 de octubre de 1905, el dirigente socialista Jean
Jaures pronuncia un discurso reclamando la
jornada de ocho horas: la policía carga contra
los reunidos. Doscientos heridos, más un millar
de detenidos, es la culminación de la refriega.
En Buenos Aires, entre tanto, los radicales se
preparan para tomar el poder. Un motín estalla,
pero es rápidamente sofocado; se declara el
estado de sitio para reprimir la violencia de
las huelgas que sacudían Rosario, Bahía Blanca,
San Nicolás, San Fernando. El día 9 del mismo
mes, el coronel Fraga, jefe de Policía, ordena a
La Vanguardia "abstenerse de comentarios sobre
estos desórdenes"; el diario no acata el ucase:
con la edición del día siguiente se lo sanciona
con 90 días de clausura.
En las vísperas del centenario la ciudad vivía un clima de
inusitada violencia. Los anarquistas deciden
entorpecer los festejos hasta lograr la
derogación de la ley 4144, y el gobierno
recurre, una vez más, al estado de sitio. El 14
de mayo de 1910, al atardecer de un día plomizo,
gris, a los gritos de "¡Viva la Patria!, ¡Viva
la policía!", una patota nacionalista incendió y
saqueó el local de La Vanguardia. El ataque es
tan rápido y efectivo que los redactores apenas
si pueden escapar por los techos que dan hacia
la calle Estados Unidos. Pero la mecha había
sido encendida un año antes: un militante
anarquista da muerte al jefe de Policía, coronel
Ramón Falcón, responsable, según ellos, de la
represión policial. Como consecuencia, La
Vanguardia es clausurada por varios días y se
suspenden las garantías constitucionales.
El fervor popular amenguara, meses más tarde, el desastre del 14 de
mayo: se reúnen 25 mil pesos y así, el 16 de
agosto —en pleno estado de sitio— el diario
reaparece. Tal normalidad no seria quebrada
hasta 1931, en plena dictadura o "dieta-blanda",
como solían calificar los opositores al
gobierno.
Para el autodidacto Juan Antonio Solari (ex periodista, ex
diputado) "la emoción más grande de mi vida fue
e! día en que el doctor
Nicolás Repetto dio su
aprobación para que ingresase en la redacción de
La Vanguardia. Dos años más tarde, producido el
golpe de Estado de 1930,
Mario Bravo, entonces
secretario de redacción, confeccionó una serie
de preguntas para que yo entrevistase al
ministro del Interior, Sánchez Sorondo. En la
primera conferencia de prensa traté de cumplir
lo ordenado por
Bravo. Los cronistas destacados
no atinaban a efectuar preguntas importantes,
cuando de pronto interrogo: 'Señor ministro,
¿cuándo habrá elecciones?'. Sánchez Sorondo
levanta la cabeza, mira ofensivamente hacia mi,
e inquiere: '¿A qué diario pertenece usted?'.
Respondí sin prisa: 'A La Vanguardia, órgano del
Partido Socialista, señor ministro'. Sánchez
Sorondo, ya repuesto de su estupor, masculló:
'Socialista tenia que ser, con esa pregunta."
UN IDEALISTA CASCARRABIAS
El profesor de Instrucción Cívica Américo Ghioldi explicó a SIETE
DÍAS cómo desde su infancia estuvo ligado al
periódico: "Tenia ocho años y me inicié doblando
prolijamente los ejemplares del semanario que
había que mandar al interior del país. Asumí por
primera vez la dirección de La Vanguardia en
1925, en el mes de enero. El doctor
Justo era el
director y como debía tomarse licencia me pidió
a mí que la dirigiera durante el verano (mis
vacaciones de maestro); yo tenía 24 años y jamás
había entrado en un diario. Del oficio, lo único
que sabía era ... leer y escribir. El día que
llegué a la redacción —hace memoria Ghioldi— ni
siquiera sabia sentarme en el escritorio . . .
Nunca he sufrido más que en esos tres meses. La
primera semana que pasé en la casona de la calle
Defensa fue inaguantable. yo no sabia nada de
nada. Desconocía la función de director y todos
los días tenia que escribir el editorial,
recibir temas, revisar los originales. Fueron
tres meses dramáticos. Mi principal problema
consistía en aguantar el carácter de un redactor
singular y único, de un temperamento
cascarrabias incurable, desordenado pero
talentoso: Esteban Jiménez. Todos los hombres
del partido que lo conocieron coinciden en
manifestar que dos ejemplares humanos de
cascarrabias como él no deben de haber existido.
Comenzaba a redactar un artículo (perfecto,
desde luego) a las 2 de la tarde. Escribía una
palabra, leía todos los diarios, subrayaba,
gritaba, anotaba algo al dorso de una boleta
electoral, con letra ilegible. Resulta que
Jiménez solía corregirse hasta último momento.
De una hoja, dejaba quizá sólo una palabra. Sus
artículos eran cientos de hojitas sin numerar
que requerían hasta última hora de la noche
(momento en que se efectuaba la entrega de
originales) la presencia de un linotipista
especial en los talleres."
LOS CAMINOS DEL EXILIO
La noche del 4 de junio de 1943 Ghioldi durmió en el diario. Había
estallado un golpe de Estado y se temía que se
repitiera lo acontecido en 1910, según evoca
ante SIETE DÍAS Luis Pan. Ese temor, sin
embargo, se cumpliría una década más tarde. Los
antecedentes que culminaron con el incendio de
la Casa del Pueblo se originaron en 1942. Ese
año el diario sufre 4 clausuras, en sus
editoriales se anatematiza al régimen acusándolo
de nazifascista y de colaborar con las potencias
del Eje. A fines de diciembre de 1943, el
gobierno del general Edelmiro J. Farrell ordenó
a los diarios que los editoriales debían
individualizarse con la firma de sus autores;
como consecuencia. La Vanguardia dejó de
aparecer.
Tres meses más tarde reaparece, pero siete días después es
nuevamente clausurado. El cincuenta aniversario
se festeja ante el silencio de las rotativas;
"el diario tenía un aire fantasmagórico,
comenzaba una época distinta", memora Pan. La
irregularidad de las apariciones provoca un
estado de falencia económica que obliga al
diario a convertirse en semanario. "Para muchos
—memora el caricaturista Tristán— era la época
del auge; llegaron a imprimirse 280 mil
ejemplares. Cada salida del semanario era como
un verdadero mitin." Para Pan, en cambio,
"fueron momentos difíciles".
La represión policial obliga a los socialistas a fundar una
imprenta clandestina en Ranelagh, en la
provincia de Buenos Aires, que la policía —a su
tiempo— descubrió. "Porque la policía siempre
llega —advirtió Pan—. El procedimiento para
clausurar en 1947 a La Vanguardia fue sencillo:
se enviaban diariamente inspectores de todo
tipo, hasta que un día, haciendo pie en la
supuesta queja de los vecinos de que la rotativa
producía ruidos molestos durante la noche, a
pesar de que imprimíamos entre las dos y cinco
de la tarde, jamás a la noche, la Intendencia
Municipal, por orden de Perón la clausuró". "El
actual ministro de gobierno, el doctor Guillermo
Borda - si mal no recuerdo - era secretario de
gobierno en la Municipalidad", evoca Juan
Antonio Solari al ser entrevistado por SIETE
DÍAS. Una semana más tarde de la clausura
apareció el primer número de La Vanguardia
clandestina. El editorial pontificaba "Nos
quitan la pluma de la mano, pero no podrán
ocultar la verdad de nuestra prédica". Aparecía
todas las semanas, gracias al trabajo de un
pequeño equipo; la composición se efectuaba en
un taller del barrio del Once. Una vez armadas,
las páginas se trasladaban en auto hasta
diversas localidades del interior de la
provincia, y a veces hasta Rosario, donde en
imprentas clandestinas —y casi siempre de noche—
se imprimía.
El equipo comandado por Pan, consigue eludir la persecución
policial hasta que éste se exilia en Montevideo.
Desde allí (a partir de 1951, luego del
frustrado golpe encabezado por el general
Benjamín Menéndez) La Vanguardia se edita en la
última página del diario El Sol, dirigido por
Emilio Frugoni. Meses más tarde, el periódico
socialista tiene dos ediciones, una en papel
común y otra en papel biblia. La última se
distribuía por todo el mundo.
El 15 de abril de 1953 estallaban bombas opositoras en Plaza de
Mayo y en la cabecera del subte "A". La revancha
de los peronistas fue el incendio del Jockey
Club, la Casa Radical y la Casa del Pueblo. Con
las llamas se perdió la primera (y única)
colección de periódicos obreros que existía en
el país; los archivos de la redacción, los
muebles, la sala de máquinas y todas las
pertenencias del Partido Socialista.
Curiosamente, sólo se rescató el fichero de
afiliados.
Con los últimos estallidos sobre Plaza de Mayo, los socialistas se
aprestaron a reabrir La Vanguardia. Las
ediciones sobrepasan los 200 mil ejemplares. Sin
embargo, la oposición neutralizó esa tirada al
editar otras hojas políticas. Entre 1955 y 1956
la doctora
Alicia Moreau de Justo defenestra de
la dirección a Ghioldi. Ese fue el comienzo de
fracturas que se irán profundizando con el
correr de la década. En julio de 1958 se escinde
el partido, y a partir de entonces las nuevas
agrupaciones se distinguen como Partido
Socialista Democrático (Ghioldi, Solari. Pan y
otros) y Partido Socialista Argentino (Muñiz,
Palacios,
Alicia Moreau de Justo y toda la
juventud). Para el sector comandado por
Palacios
quedará La Vanguardia.
"En este momento La Vanguardia aparece en manos de los dos núcleos
del partido Socialista (Argentino y
Democrático), siendo yo director de lo que ahora
se conoce como Vanguardia negra, en
contraposición a la Vanguardia azul, del PSA",
explicó Pan. Para Selser "la escisión se originó
por la lucha del poder dentro de La Vanguardia,
porque ellos son responsables del estado dei
partido en este momento, de su desprestigio en
la masa peronista. El antiperonismo de La
Vanguardia en 1955 se parecía demasiado al
antiperonismo de los gorilas, tenía su mismo
aire de rencor salvaje contra la clase
trabajadora". Un corolario, en fin, que no
condice con aquellos ambiciosos enunciados del 7
de abril de 1894.
Fuente:
*El Historiador
*Mágicas Ruinas